Alfredo Moreira Filho

¿Por qué la falta de escuelas en Igrapiúna llevó a Alfredo Moreira Filho a mudarse a los siete años?

Lukas Valdsen
Lukas Valdsen 6 Min Read
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Alfredo Moreira Filho

Hasta mediados del siglo pasado, llegar al pueblo de Igrapiúna, en el sur de Bahía, dependía de senderos abiertos para burros y mulas. No había energía eléctrica y las noticias llegaban a través de una única radio conectada a una batería de automóvil. Situada entre Ituberá y Camamu, quedó al margen del crecimiento de sus dos localidades vecinas. De allí salió, cuando todavía era niño, el empresario Alfredo Moreira Filho.

La distancia que pesaba allí no se medía en kilómetros. Ituberá quedaba a tres horas en canoa a remo, pero el verdadero obstáculo era otro: la escuela terminaba en la enseñanza primaria. Quien quisiera continuar estudiando tenía que marcharse. Cada cambio de ciudad en esta historia responde a una carencia específica, y eso explica por qué la ruta entre una hacienda bahiana y la capital federal tiene tantas escalas.

¿Por qué una familia enviaba a sus hijos fuera de casa a los siete años?

Entre 1941 y 1959, Rosalva Ramos Moreira tuvo quince embarazos y crió a doce hijos en la Fazenda Furado, una tierra fértil que producía aceite de palma, piaçava y harina. Lo que aquella tierra no producía era educación. La solución de la pareja fue enviar a los niños, uno por uno, a casas de familiares en ciudades que contaban con educación secundaria. Alfredo Moreira Filho fue el tercero en seguir ese camino, a los siete años de edad.

El arreglo tenía un costo evidente y una condición poco recordada. El costo era la separación precoz, vivida como un castigo antes de ser comprendida como parte de una planificación. La condición era contar con una red de familiares dispuestos a recibirlos, porque, sin tíos o abuelos instalados en la capital, la fórmula no funcionaba. Esto explica por qué vecinos con los mismos ingresos y la misma voluntad rara vez podían repetir ese recorrido.

Salvador e Ituberá resolvieron problemas diferentes

En Salvador, la casa de los abuelos proporcionó una dirección, educación secundaria y el primer sueldo: a los trece años, el joven ya trabajaba en un banco y recibía medio salario mínimo. La capital bahiana le ofreció lo que tenía y llegó hasta allí. Faltaba una carrera de agronomía en la ciudad, y el horizonte visible terminaba en la carrera bancaria, desde la caja hasta la gerencia.

Ituberá, adonde se había trasladado la familia, funcionó como un compás de espera. De regreso a la casa de sus padres en 1966, asumió puestos como profesor sustituto en el Colégio Santo André, impartiendo clases de matemáticas, química e historia. El empleo garantizaba ingresos y contacto con los libros, pero no resolvía el problema de fondo: en la Bahía de aquella época, agronomía solo se ofrecía en Cruz das Almas y Juazeiro.

Del título de ingeniero agrónomo al trabajo en la frontera

La oportunidad surgió gracias a un vecino, el ingeniero agrónomo Antônio Lemos Maia, graduado en Viçosa y establecido en Ituberá. El examen de ingreso de 1967 en la Universidade Federal de Viçosa terminó con un octavo puesto, y la carrera ocupó los años de 1968 a 1971. Más decisivo que el título fue el lugar donde lo obtuvo: la universidad de Minas Gerais recibía reclutadores de todo el país, y la inserción laboral comenzaba antes de la graduación.

Fue en uno de esos procesos donde apareció Amazonas. Contratado por Acar, entidad estatal de extensión rural, Alfredo Moreira Filho llegó a Manaos en marzo de 1972 y pasó tres meses viviendo en una embarcación para estudiar el cultivo de cacao en la región del medio Amazonas, desde Itacoatiara hasta Parintins. Su trabajo le valió, en 1982, el título de Ingeniero del Año otorgado por el CREA de Amazonas.

Brasilia como punto final de una ruta marcada por la escasez

El siguiente paso, en el sudeste de Pará, exigió otra competencia. El proyecto de colonización privada implementado en Tucumã dependía menos de la agronomía que de la mediación en una zona de tensión por la propiedad de la tierra, y las ocupaciones comprometieron su continuidad. Una vez concluida la operación, las tierras serían devueltas al Incra, y la indemnización por las obras dependía de decisiones tomadas en la capital federal. La familia se instaló en Brasilia, en julio de 1986, por ese motivo práctico.

Vista en su conjunto, la ruta que conecta Igrapiúna con Salvador, Ituberá, Viçosa, Itacoatiara, Manaos y Tucumã dibuja un mapa de los lugares donde Brasil fue concentrando la educación, el trabajo cualificado y el poder de decisión. La educación secundaria, la enseñanza superior, el empleo técnico y las decisiones presupuestarias se encontraban en ciudades diferentes, y ninguna era la anterior. La trayectoria de Alfredo Moreira Filho requirió ocho domicilios para alcanzar aquello que hoy se espera encontrar en la ciudad natal.

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